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miércoles, 29 de febrero de 2012

Silencio en mi alma...

Dos fogonazos que alumbraron todo el callejón y un camino de baldosas rojas que iluminaban, con esa luz tenue, un final como otros en esa ciudad, pasos firmes bajo la lluvia, pasos que retumbaban en todo el vecindario, que entraron en lo más profundo de algún corazón...

Los ojos casi blancos, la vida que se le apagaba, como se cortan unas cuerdas de guitarra, crujían, agudos aullidos en una habitación abandonada,
la boca llena de palabras sin decir,
tumbado, mientras las gotas empapaban una alma más, que,
sin más esperas remontaba ya río arriba...

La mente en blanco, como una flecha que atraviesa mi cabeza,
el mundo seguía su rutina, mañana alguien se levantaría sin saber que su vecino no le va a saludar más,
y su hijo no sabrá que su padre no volverá,
nadie escucha anda ahora, nadie pide perdón ya,
nadie hoy...
Mientras, mi cigarro se encendía, parpadeante por cada calada,
y el humo desaparecía, mis labios estaban fríos, mis pulmones estaban fríos,
pero el humo calentaba poco a poco esas cosas,
no importaba, en ese momento no me tenía que preocupar por otra cosa,
las balas no se pueden cambiar, le arrebataron la vida,
ha cambiado la mía...

Una ciudad en mitad de la noche que grita pidiendo socorro,
una persona perdida que deja unas huellas,
una plegaria entre los llantos del arrepentimiento,
un alma perdida y un alma desquebrajada como el papel,
un Dios que juzga y condena,
una noche cualquiera...

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